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December 30, 2009 @ %I:%M %p

SABER Y G√ČNERO

Florence Thomas

Profesora Titular (P) de la Universidad Nacional de Colombia

Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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Hablo un lenguaje de exilio

Julia Kristeva

Saber y género, titulo ambicioso si lo comparamos a lo que el tiempo me dejará abordar con ustedes. De hecho me limitaré a exponer algunas reflexiones introductorias. Una bibliografía actualizada sobre ese tema que suscita hoy día muchos trabajos tanto epistemológicos como de ética feminista, suplirá lo que no se abordará aquí.

Organizar√© mi exposici√≥n de la siguiente manera: en primer lugar y por ser la herramienta principal del conocimiento y del saber, examinaremos la cuesti√≥n del lenguaje y sus relaciones con el g√©nero. En un segundo tiempo y con estas premisas, mostrar√© que no es suficiente que las mujeres est√©n invadiendo los lugares del saber y de la ciencia para que el impresionante sexismo del saber se derrumbe. Y ah√≠ explorar√© de manera sint√©tica los limites de un feminismo de la igualdad o sea, lo que me gusta llamar, los efectos perversos de la igualdad radical y los planteamientos de un feminismo de la diferencia que es el √ļnico por el momento en construir una ‚Äúepistemolog√≠a de la esperanza‚ÄĚ, como la llama Mich√®le Le Doeuff en su libro ‚ÄúLe sexe du savoir‚ÄĚ. Y ya s√© que no tendr√© m√°s tiempo para abordar en qu√© consiste verdaderamente hoy una √©tica feminista postmoderna, √ļnica a poder llevarnos a la construcci√≥n de una cultura incluyente y a una democracia radical.


Lenguaje y palabra masculina

Ya para casi todos y todas es un hecho de que la diferencia sexual constituye una dimensi√≥n fundamental de nuestra experiencias y de nuestras pr√°cticas de vida; pocas cosas, para no decir ninguna, escapan a esta marca de nuestro sexo-g√©nero, y si bien pertenecemos todos y todas a la especie humana, esta humanidad no se vive de la misma manera desde un ser hombre o un ser mujer. Todos y todas somos sujetos concretos y sexuados y esta sexuaci√≥n nos inscribe de manera distinta en la cultura. De la biolog√≠a heredamos un sexo y la cultura nos construye un g√©nero; y esa operaci√≥n de la cultura o construcci√≥n cultural se expresa de manera diferencial seg√ļn si nacemos var√≥n o mujer.

Ya en 1949, Simone de Beauvoir en su magistral obra ‚ÄúEl segundo sexo‚ÄĚ nos preven√≠a: ‚Äúuno no nace mujer; se hace mujer‚ÄĚ. Y es poco a poco a partir de los a√Īos 50 (1950) que este reconocimiento se gener√≥ en el mundo entero gracias a la presencia de un n√ļmero creciente de mujeres acad√©micas, investigadoras, escritoras, poetas, pero tambi√©n y tal vez sobre todo, gracias a los aportes de las teor√≠as feministas y de las demandas de los movimientos sociales de mujeres. Sin embargo existe todav√≠a una gran resistencia en admitir que una herramienta como el lenguaje pueda ser marcada tambi√©n por la diferencia sexual y reflejar de manera magistral aunque a veces muy sutil la estructura patriarcal de la cultura occidental y por consiguiente del saber en general.

Este hecho toma toda su importancia cuando uno se percata de que el lenguaje no es solo una extraordinaria herramienta para interactuar y comunicar humanamente o sea un sistema de signos con sus reglas de una asombrosa complejidad que no hemos terminado de entender del todo, sino que, y al mismo tiempo, es también una herramienta de construcción y de representación de la realidad y por consiguiente de acción, en y sobre ella, por medio de elaboraciones simbólicas.

Y este sistema de representaciones que una cultura se da de ella misma a trav√©s del lenguaje, de las palabras, de los s√≠mbolos, de los ritos, de los mitos, de las obras de arte, de los discursos de los media y de todos los discursos normativos que ella produce ‚ÄĒdiscurso pedag√≥gico, jur√≠dico, m√©dico, psiqui√°trico, filos√≥fico, √©tico, entre otros‚ÄĒ no puede existir a fuera de contextos hist√≥ricos, sociol√≥gicos e ideol√≥gicos. Y uno de los contextos ideol√≥gicos que ha marcado fuertemente el saber occidental es el patriarcado, m√°s exactamente llamado hoy, androcentrismo.

Un androcentrismo generado hace m√°s o menos 5000 a√Īos, plasmado m√°s tarde en la filosof√≠a greco-romana, particularmente con la filosof√≠a Aristot√©lica en la cual, seg√ļn la espa√Īola Celia Amor√≥s encontramos una verdadera ‚Äúoperaci√≥n patriarcal de legitimaci√≥n geneal√≥gica de la historia de la filosof√≠a‚ÄĚ, operaci√≥n reforzada, algunos siglos m√°s tarde, por una religi√≥n judeocristiana monote√≠sta que instaur√≥ un dios √ļnico, una trinidad masculina (el padre, el hijo y el esp√≠ritu santo) y dos figuras femeninas dram√°ticas para el lugar de la mujer: Eva, la desobediente, la transgresora y la pecadora, y Mar√≠a, la sumisa y la abnegada. Adem√°s de una mito de creaci√≥n del mundo, il√≥gicamente tambi√©n masculino (Dios crea a Ad√°n y de su costilla….etc..). En otras y pocas palabras, de Arist√≥teles hasta Lacan se construye una filosof√≠a occidental hondamente mis√≥gina y totalmente ciega en relaci√≥n con la diferencia sexual. Este contexto no era, ni el mejor ni el m√°s f√°cil, para que las mujeres puedan ser generadoras de discurso y sobre todo generadoras de su propio discurso.

Tal vez ese rodeo por el pasado los y las sorprender√° pero ayuda a descifrar los mitos y las im√°genes que ordenan las relaciones entre los sexos y el orden de los saberes. Como nos previene Michele Le Doeuff en el texto ya citado ‚ÄúLos mitos e im√°genes tienen una amplia difusi√≥n y constituyen la presencia en el imaginario colectivo de la cuesti√≥n del sexo en cuanto al conocer‚ÄĚ.

Ni siquiera en el contexto de la modernidad que nace con el siglo de las luces y la generaci√≥n de las filosof√≠as del sujeto, las mujeres obtuvieron la palabra. Pues el √ļnico sujeto reconocido a pesar del grito esperanzador de la revoluci√≥n francesa de ‚ÄúLibertad, Igualdad y Fraternidad‚ÄĚ, fue el sujeto masculino. Olimpia de Gouges fue guillotinada en 1792 por los revolucionarios franceses por atreverse a criticar la Declaraci√≥n de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, la cual, en ninguna parte se refer√≠a a la ciudadana o a las mujeres quienes, sin embargo hab√≠an luchado, muchas de ellas, hombro a hombro con los hombres. Y tan solo hasta 1940 tan bella declaraci√≥n empieza a nombrarse Declaraci√≥n de los Derechos Humanos e incluir lentamente algunas referencias a los derechos de las mujeres como haciendo parte tambi√©n de los derechos humanos.

De verdad √©ramos signos que intercambiaban los hombres en cuanto capital reproductivo, pero no generadoras de signos como ya lo hab√≠a mostrado Levi-Strauss desde la antropolog√≠a. Nuestro rol, nuestro lugar, definido por una cultura de hombres que se apoy√≥ sobre el pretexto magistral de nuestra anatom√≠a, fue durante siglos el de reproductoras de la especie y administradoras del √°mbito privado, y nuestras √ļnicas fecundidades eran del orden de lo biol√≥gico-geneal√≥gico. √Čramos dadoras de vida y esto nos deb√≠a satisfacer porque esto satisfac√≠a los hombres y la cultura que se hab√≠an inventado. Para esto fue necesario hasta fetichizar y sacralizar la maternidad y los lugares de ella para negar a la mujer en su alteridad y por consiguiente su peligrosidad. Mientras tanto, ellos escribieron la historia y la escribieron en masculino, invisibilizando, ocultando o mutilando nuestros aportes a la cultura.

Los hombres no han dejado de hablar, de escribir, de hacer o√≠r sus voces. Llenan los libros de las bibliotecas, son los grandes genios de la literatura universal y su literatura es LA literatura; la nuestra no es sino una literatura femenina, de segundo orden como se debe para la escritura del segundo sexo. Ellos son tambi√©n los grandes sabios, los grandes inventores, los grandes constructores de maquinas y de tecnolog√≠as. Y han hablado tanto que casi sus voces nos dejan sordos. Desde Plat√≥n hasta Nietzsche, fueron tan solidarios y tan c√≥mplices. En el templo, en el √°gora romano, en el capitolio, en el Congreso, en las Academias de la ciencia y de las letras, dise√Īando leyes y constituciones, armas y maquinas; en la iglesia, alejando a las mujeres de todo poder sagrado, (no s√© si saben que solo hasta 1970, un coro femenino pudo cantar en la bas√≠lica de San Pedro en Roma); en las tribunas, decidiendo por todos y todas lo bueno y lo malo desde una √©tica de la exclusi√≥n; en las academias, acordando c√≥mo se deb√≠a hablar, c√≥mo se deb√≠a escribir, c√≥mo se deb√≠a investigar, pero sobre todo determinando qu√© merec√≠a investigarse, escribirse y constituir poco a poco la historia o sea nuestra memoria colectiva y lo que deb√≠a incluir y excluir.

Y como ya lo decía, para entender o más exactamente para develar los sesgos existentes en las disciplinas y los saberes instituidos, para desmontar las creencias o los mitos que sobreviven y que tienen una enorme potencia subterránea, es imprescindible pasear por la historia, por el pasado. Ayuda a descifrar el presente. Si no nos adentramos en la historia de las mujeres, si nos rehusamos en descubrir el lugar de las mujeres en la historia, como lo hicieron por ejemplo George Duby y Michelle Perrot en esa tan bella Historia de las mujeres en nueve tomos, este capítulo de la sexuación del saber quedará en el limbo. Gracias a estas miles de historias develadas recientemente, a partir de otras miradas, miradas de la sospecha desde los distintos feminismos, desde miradas foucaultianas, desde nuevas maneras de hacer historia y desde los planteamientos de la postmodernidad, estamos hoy en medida de interpretar de otra manera las condiciones de producción y construcción de los saberes instituidos.

Y desde estas otras miradas que me gusta llamar miradas de la sospecha, ‚ÄĒs√≠, hemos aprendido a sospechar de los discursos instituidos y convenidos‚ÄĒ ¬Ņc√≥mo obviar la belleza del gesto de Eva cuando muerde el fruto del √°rbol del saber, cuando escoge vivir y conocer la muerte, el bien y el mal? Y a pesar de la condena que significo este gesto, ¬°qu√© bella la Eva inquieta, la Eva pecadora, la Eva transgresora! Si, el mito, cuando se deja interpretar de otra manera, nos dice de manera transparente que fue una mujer la iniciadora del saber. Pero el mito fue interpretado por hombres y, lo que es peor, por hombres de iglesia. No lo olvidemos y tratemos de alejarnos de una interpretaci√≥n que nos muestra una Eva pecadora, generadora del mal y habitada probablemente por los primeros s√≠ntomas de histeria de una mujer habitada por el deseo.

Y para quedarnos en los grandes mitos filos√≥ficos, qu√© bella tambi√©n la Diotima de Mantinea, esa protofil√≥sofa quien, seg√ļn el relato de El Banquete, inici√≥ a S√≥crates en los misterios del amor o a la sabidur√≠a del amor que era equivalente al amor de la sabidur√≠a o sea a la filosof√≠a.

Qu√© bella tambi√©n la Mar√≠a Magdala o Mar√≠a de Magdala, que, por medio de un inmenso amor a ese extra√Īo hombre nombrado Jes√ļs de Nazareth, tuvo un papel de primera importancia entre los disc√≠pulos quienes nunca fueron 12 sino por lo menos 13 o 14 con la presencia de mujeres. Maria de Magdala fue una disc√≠pula de Jes√ļs y escribi√≥ un evangelio que ser√≠a encontrado siglos m√°s tarde y que hace parte hoy d√≠a de los evangelios proscritos. Fue borrado de los escritos can√≥nicos. ¬ŅLo sab√≠an ustedes?

Que bella Hipatie quien, en los inicios del siglo V, ense√Īaba las matem√°ticas y la filosof√≠a en Alejandr√≠a. Sabios y j√≥venes de las cuatro esquinas del mundo conocido, asistieron a sus clases hasta que el obispo Cyrille ‚ÄĒ otra vez la iglesia‚ÄĒ la hizo asesinar recordando al mundo que el principal deber de las mujeres era el de callar. Ella fue una cient√≠fica. Sin embargo la primera mujer cient√≠fica de la cual o√≠ hablar yo, desde Francia, fue Marie Curie, quince siglos m√°s tarde.

Y qu√© bella Christine de Pisan en el joven renacimiento con su obra ‚ÄúLa cit√© des dames‚ÄĚ cuyo √©xito fue europeo y en la cual nos relata lo rico de construir la estima de s√≠ misma cuando uno es mujer. Y en fin podr√≠a seguir as√≠ cont√°ndoles miles de historias de mujeres transgresoras por romper antes de tiempo la met√°fora de feminidad, Mujer = Madre: madre abnegada, madre callada, madre reproductora de la especie, madre llena de hijos y vac√≠a de ideas y deseos, esta tenaz met√°fora ‚ÄĒy utilizo el concepto de tenaz por su impresionante resistencia‚ÄĒ que construy√≥ para ellas una cultura de hombres que no estaba dispuesta en quebrantar la hegemon√≠a de la palabra masculina.

S√≠; la historia se escribi√≥ seg√ļn los criterios y el control de los hombres. Es as√≠ como las mujeres fueron ocultadas pero sobre todo silenciadas. Y para volver a mis ejemplos y seguir ilustrando ese cap√≠tulo de nuestro silenciamiento ¬ŅSab√≠an ustedes que la historia del teatro occidental est√° marcada por 2000 a√Īos de ausencia de las mujeres?, en las tragedias griegas los papeles femeninos eran representados por hombres: Clitemnestra, Ifigenia o Antigona eran representadas por hombres. La representaci√≥n de los misterios cristianos tambi√©n era un asunto exclusivo de hombres. La virgen Mar√≠a, los √°ngeles y la Magdalena arrepentida eran encarnados por hombres. ¬ŅSab√≠an ustedes que Felix Mendelsson hizo carrera atribuy√©ndose algunas composiciones de su hermana? ¬ŅNunca se preguntaron por la hermana de Mozart? ¬ŅNunca quisieron saber de la hermana de Shakespeare? Yo s√≠, porque Virginia Woolf en su bell√≠simo libro ‚ÄúUna habitaci√≥n propia‚ÄĚ me despert√≥ la curiosidad. ¬ŅY qu√© decir de George Sand que tuvo que cambiar de nombre para poder ser le√≠da, y de Camille Claudel que casi enloquece de tanta misoginia? y de Debora Arango que tuvo que esperar tantos a√Īos para ser reconocida porque pintaba desnudos al principio del siglo. Y si fue as√≠ para la creaci√≥n est√©tica, ¬Ņqu√© decir entonces del pensamiento cient√≠fico? El pensamiento cient√≠fico es y sigue siendo masculino porque su metodolog√≠a l√≥gica y emp√≠rica que debe constituir su objetividad tiene una larga historia de identificaci√≥n con la masculinidad.

Es as√≠ como a lo largo de siglos aprendimos la ausencia, el adi√≥s con los hombres. Con ellos pasamos la vida en despedirnos, o m√°s bien en ser despedidas de todo, del mundo y de sus puntos cardinales, pero sobre todo de nosotras mismas. Cuando ellos est√°n, nosotras nos despedimos pues no existe todav√≠a ni siquiera un c√≥digo ling√ľ√≠stico capaz de reflejar la dualidad gen√©rica. Cuando estamos todos y todas, ustedes y nosotras, hombres y mujeres, entonces son ‚Äúustedes‚ÄĚ los hombres quienes hablan, quienes conjugan, quienes gramatican; pocas veces ellas o nosotras. El + Ella = Ellos. Y hoy d√≠a podemos entender que la inadecuaci√≥n y la carencia de la mujer en relaci√≥n con el lenguaje se interpretan m√°s bien como la inadecuaci√≥n y la carencia del lenguaje con respecto a la mujer como lo demuestra el texto de Patricia Violi en ‚ÄúEl infinito singular‚ÄĚ. En efecto, hombres y mujeres no se encuentran en la misma posici√≥n ante el lenguaje porque la diferencia entre masculino y femenino no est√° simbolizada en el mismo nivel; esta diferencia fue inscrita seg√ļn la doble articulaci√≥n de sujeto y objeto, de primer t√©rmino y de t√©rmino derivado. En otras palabras, podemos interpretar hoy el silencio de las mujeres, no como signo de su pobre lenguaje sino como un signo de la pobreza del lenguaje, como signo de imposibilidad y resistencia, temas que desarrolla de manera muy sugestiva, entre otros, el feminismo o pensamiento de la diferencia.

El hombre es el sujeto universal, el ordenador del mundo y por consiguiente tambi√©n del lenguaje, de la gram√°tica, de la sintaxis y es el referente sem√°ntico y pragm√°tico del discurso. Los hombres toman la palabra, elaboran im√°genes de s√≠ mismos, de los otros, del mundo; cuentan la historia y construyen el saber con su l√≥gica reflejando sus experiencias y su particular manera de habitar el mundo. Algunos por supuesto lo han hecho magistralmente. Y cuando lo femenino est√° inscrito en la historia, es un femenino reportado por hombres y construido por hombres a la medida de sus fantas√≠as pero sobre todo de sus temores hacia las mujeres. ¬ŅQui√©n es la Beatrice de Dante, la Emma Bovary de Flaubert o la Mar√≠a de Isaac, por no citar solo tres mujeres que pudimos conocer a trav√©s de la literatura universal? En este sentido somos todas mujeres de sue√Īos, de fantas√≠as, mujeres-reflejo, mujeres de la ilusi√≥n como lo dice Ana Mar√≠a Fern√°ndez.

Las mujeres en el universo científico

Dejar√© ah√≠ ese recorrido apasionante por la historia de las mujeres y su hist√≥rico silencio todav√≠a tan mal interpretado. Me asomar√© ahora a otro tema. El de las mujeres cient√≠ficas contempor√°neas y de sus relaciones con el saber hoy, porque estoy segura que en este auditorio muchos de ustedes e incluso muchas se est√°n diciendo ‚Äúbueno, todo esto es historia, pero hoy, ya no hay diferencia entre hombres y mujeres, somos iguales‚ÄĚ. Pues siento que voy a decepcionar m√°s de uno e incluso m√°s de una. Hoy d√≠a estamos lejos de tener las mismas oportunidades que los hombres frente al saber y m√°s cuando hablamos de un saber duro, de ciencias duras. La equidad de g√©nero en este campo no se ha dado. Y cuando hay mujeres en ciencia dura, en tecnolog√≠a, en los laboratorios cient√≠ficos, (ha sido muy dif√≠cil encontrar cifras colombianas en relaci√≥n con la presencia de las mujeres en estos campos), desaparecen en cuanto mujeres. Me explico: se invisibilizan porque se comportan como hombres, se exilian en un imaginario masculina y adoptan la l√≥gica masculina para pensar, interpretar y actuar sobre el mundo. Entonces ah√≠ tenemos un gran problema porque se pierde toda la riqueza de una posibilidad de pensar el mundo de otra manera y sobre todo de pensarlo desde la mixticidad, desde la diferencia sexual, la m√°s irreducible de todas.

Pero antes de pasar a explicar o desarrollar algo de lo que acabo de enunciar, quiero presentar algunas cifras. Cifras que hay que relacionar por supuesto con las cifras de irrupci√≥n de las mujeres en el mundo del saber, es decir en la educaci√≥n formal y que reflejan en muy pocas d√©cadas el enorme salto cuantitativo que ellas han dado. Sin embargo, y como muchos y muchas de ustedes lo saben, ese hecho que nos ubica hoy por hoy en las mismas condiciones de matricula que los hombres, no se ha hecho sin luchas por parte de ellas. Luchas para obtener la apertura de escuelas normales de se√Īoritas en ciudades del pa√≠s en las primeras d√©cadas del siglo XX. Luchas para que el curr√≠culo de estas escuelas no se restringa a materias como administraci√≥n del hogar, rezos, humanidades, bordados, piano, y franc√©s… Luchas para que las primeras bachilleres del pa√≠s puedan ingresar en las universidades ya existentes. La primera mujer que entra en una universidad, es en 1936 en la Antioquia, pero solo a partir de la d√©cada del cincuenta, se inicia verdaderamente el ingreso de las mujeres al saber universitario. No sin dificultad y sin antes haber escuchado todas las imbecilidades sexistas de los hombres, ministros de educaci√≥n y otros, en relaci√≥n con esta incursi√≥n de las mujeres en el √°mbito del saber. En 1950, el Ministro de Educaci√≥n Manuel Mosquera Garc√©s afirmaba ‚ÄúLa mujer debe ser preparada preferentemente para la vida dom√©stica, para el cumplimiento de la misi√≥n primordial que Dios le ha otorgado (‚Ķ) Restaurar el hogar cristiano, el sentido vigilante y tierno de las madres, la solicita preocupaci√≥n de la prole, no es cerrar camino a la inteligencia sino poner la inteligencia al servicio de las nociones esenciales‚ÄĚ (El Siglo, enero 19 de 1950, citado en Las mujeres en la historia de la educaci√≥n). En 1985, ya ten√≠amos 52% de matriculas femeninas, cifra que, desde la d√©cada de los 90 no ha hecho sino disminuir por la dif√≠cil situaci√≥n econ√≥mica del pa√≠s. En una deserci√≥n que es general, para hombres y mujeres, las m√°s afectadas siguen siendo las mujeres (seg√ļn la reciente investigaci√≥n realizada por el CID y UNICEF-Colombia).

Nos faltar√≠a examinar, y este examen sigue v√°lido hoy d√≠a, en cuales disciplinas se matriculan las mujeres. Como es bien sabido volvemos a encontrar a nivel de las matriculas universitarias la tradicional divisi√≥n sexual del trabajo. Pocas mujeres en ciencias duras, muchas en ciencias sociales, en humanidades y en disciplinas paramedicales (terapias varias). Mujeres que encontraremos despu√©s en los sectores de servicios y l√≥gicamente pocas en las ciencias duras. Los mitos y las im√°genes sobre el lugar de lo femenino siguen teniendo efectos. Hoy d√≠a, se estima que aproximadamente y a nivel mundial, 30% de los sabios son sabias, mejor dicho, 30% de los cient√≠ficos son cient√≠ficas… con variaciones internacionales y nacionales importantes, por cierto. No tengo cifras para Colombia. Hay cifras de matriculas, de postgrados, pero de mujeres trabajando en las ciencias duras, no encontr√©.

Ahora quiero terminar con un debate complejo pero muy al orden del día cuando tratamos de delimitar qué pretendemos con la igualdad, qué diferencia queremos mantener y en pocas palabras, qué queremos las mujeres. Por supuesto, estos temas, todos temas de nuestra Maestría en la Escuela de Estudios de Género en nuestra universidad, son difícilmente abordables en los pocos minutos que me quedan. Solo daré algunos ejes para la reflexión. Quiero precisar además que sobre dichos temas existen enormes debates a nivel internacional entre las feministas, en nuestra misma Escuela de Estudios de Género y en el mismo grupo Mujer y Sociedad que coordino.

Si bien es cierto que en general han desaparecido las condiciones materiales y sobre todo jurídicas de la subordinación de las mujeres, todas consignadas en la carta constitucional del 91 y más especialmente en su artículo 43, es bien sabido que las condiciones culturales y subjetivas de su subordinación no han desaparecido. De todas maneras y con mucha tenacidad, las mujeres han logrado hoy por hoy ocupar nuevos lugares sociales, nuevas prácticas de sí y están rompiendo poco a poco los viejos equilibrios patriarcales; están aprendiendo a negar y subvertir los elementos de la metáfora Mujer = Madre, desarticulando los mitos y las viejas narrativas. Todo esto es cierto. Las mujeres se han profesionalizado, es cierto. Han irrumpido en lugares tradicionalmente masculinos y particularmente en los lugares del saber y de la política. (Aun cuando en los lugares de la política, nos toco pasar por una ley de cuotas, todavía lejos de una ley de paridad. No sé si ustedes saben que en política, quiero decir en Senado y Cámara no se ha podido sobrepasar aun los 12% de mujeres). Es bien sabido que la hegemonía masculina es todavía casi total: los poderes económicos, políticos, culturales, religiosos, militares y judiciales están aun en sus manos y las inequidades de género siguen siendo pan de cada día. Pero lleguemos adonde quiero llegar.

Para m√≠, y por supuesto no solo para m√≠ sino para todas las mujeres que comparten este pensamiento de la diferencia, este feminismo de la diferencia de origen italiano, creemos que si bien el feminismo liberal o de la igualdad fue de una inmensa importancia en sus primeras etapas, hoy d√≠a estamos descubriendo poco a poco sus limitaciones. Porque la pregunta es la siguiente. Queremos ser iguales. Bien. ¬ŅIguales a qu√©, iguales a quienes?? Y ah√≠ est√° al problema. ¬ŅQueremos ser iguales a los hombres? Si? ¬ŅEs esto lo que queremos? ¬ŅPor qu√©? Y como lo dice Victoria Send√≥n, una feminista espa√Īola, ‚Äú¬Ņno ser√≠a muy triste convertirse en una mala copia de un pat√©tico modelo?‚ÄĚ. D√≠game ¬Ņpor qu√© negar nuestras especificidades hist√≥ricas? ¬ŅPor qu√© negar nuestra manera de habitar el mundo? ¬Ņpor qu√© negar nuestros 5000 a√Īos de resistencias? ¬Ņpor qu√© no creer en el hecho de que nuestra historia, nuestra particular historia de esclavitud, de subordinaci√≥n, de discriminaci√≥n, de silencios, de resistencias, nos permite hoy interpretar el mundo de otra manera? por qu√© no creer que nuestros 5000 a√Īos de esclavitud no nos otorga hoy d√≠a autoridad, como dec√≠a el fil√≥sofo franc√©s Cioran. ¬ŅPor qu√© negar la mixticidad del mundo, la posibilidad de miradas distintas, de lenguajes distintos, de maneras distintas de actuar sobre el mundo?; ¬Ņpor qu√© no creer en otras maneras de hacer pol√≠tica, de hacer ciencia sin negar la diferencia sexual, la √ļnica diferencia fundante de lo humano.

Y espero que me entienden: en ning√ļn momento me estoy refiriendo a aspectos esencialistas. No somos distintas por esencia. No. Es una historia, una larga historia que no podemos negar. Es un lugar que nos otorg√≥ la cultura, la historia, un lugar espec√≠fico, una relaci√≥n espec√≠fica con la vida, con el cuidado de la vida, del reci√©n nacido, de la infancia, del anciano o la anciana, del enfermo o la enferma; una relaci√≥n particular tambi√©n con el cuidado de los objetos, el cuidado permanente de problemas menores, de fri√≥ y calor, de hambre, de sabores; desde milenios hemos estado al frente de un especie de est√©tica de lo cotidiano. Y creo sinceramente que estas pr√°cticas sociales construidas durante siglos producen, a largo plazo, percepciones y preferencias particulares, es decir una cultura, una relaci√≥n al tiempo, al espacio, al otro; una cultura que tender√≠a en privilegiar por ejemplo un rechazo a la violencia, una distancia con los logros individuales, una √©tica del cuidado o sea, otra manera de interpretar el mundo y de actuar sobre √©l. Y ¬Ņpor qu√© raz√≥n desechar√≠amos esta posibilidad? ¬ŅPara parecernos lo m√°s posible a los hombres? A mi, personalmente, no me interesa esto. Yo quiero seguir asombr√°ndome frente a la diferencia. Frente al otro masculino. Me asombran los hombres y no pretendo comprenderlos del todo ni conocerlos del todo. S√© que es un imposible. Y lo supe desde el amor, desde la sexualidad y el erotismo. Ah√≠ tal vez es cuando uno siente esta imposibilidad del otro. Quiero decir este asombro frente al misterio del otro sexo. No quiero parecerme a ellos porque no puedo. Ser√≠a negar mi historia, mi memoria, mi imaginario, mi cuerpo, mi sentir. Ser√≠a exiliarme en una patria que no es m√≠a. Entonces por qu√© pretender hacer ciencia como los hombres? ¬ŅPor qu√©? No entiendo como la mayor√≠a de las mujeres actualmente en pol√≠tica o en la ciencia se invisibilizan esforz√°ndose al m√°ximo por pensar, por trabajar, por producir, por construir como los hombres. ¬ŅSab√≠an ustedes que las mujeres que entran en el ej√©rcito empiezan a cambiar de voz? Empiezan a aprender a gritar dando ordenes… No neguemos las potencialidades de la diferencia sexual. Queremos, eso s√≠, tener las mismas oportunidades que los hombres frente a todo los espacios de la vida. Pero no queremos ser iguales desapareciendo o uniform√°ndonos en hombres. La anulaci√≥n de las diferencias nos est√° llevando al modelo √ļnico, y esto en pol√≠tica ha resultado dram√°tico para la humanidad. Es la historia de los fascismos. Queremos seguir luchando por la igualdad pol√≠tica y por la diferencia existencial y epistemol√≥gica con los hombres. Igualdad y diferencia no son conceptos antit√©ticos.

Nuestro propósito es construirnos equivalentes políticamente y diferentes existencial y epistemológicamente. Son dos debates diferentes pero no contradictorios.

Porque por mujer, entendemos, ‚Äúese sujeto para quien el hecho de ser mujer no yace en la indiferencia; ese sujeto que piensa en su pertenencia a un sexo como algo significativo y determinante para actuar y conocer el mundo‚ÄĚ como nos lo mostr√≥ Alexandra Bocchetti en su libro ‚ÄúLo que quiere una mujer‚ÄĚ.

Para terminar quiero decirles que en este camino todav√≠a nos falta mucho. La mayor√≠a de las mujeres en la pol√≠tica hacen pol√≠tica como los hombres, reproduciendo los ritos de la vieja pol√≠tica; la mayor√≠a de las mujeres en la ciencia hacen ciencia como los hombres; no, ni siquiera exactamente como los hombres, todav√≠a con m√°s dificultades que los hombres, con menos oportunidades que los hombres por los m√ļltiples sesgos culturales todav√≠a existentes. Pero eso s√≠ esforz√°ndose al m√°ximo por pensar y actuar como los hombres.

Sin embargo, quiero contarles también que están apareciendo cada vez más economistas feministas con este pensamiento de la diferencia, están apareciendo ecofeministas, filósofas feministas repensando los problemas de la ética; están apareciendo mujeres que saben que tienen en sus manos otra manera de hacer política, una política que tiene como fin el interés colectivo, una política que rompa poco a poco con todos los viejos vicios del pasado; otra mirada sobre la economía desde una economía más solidaria, una economía que no olvida las personas, que no olvida la vida cotidiana; otra mirada sobre el medio ambiente; otra mirada sobre el significado de la paz, que para las mujeres va mucho más allá de la resolución del conflicto armado; otra mirada sobre la democracia porque hace tiempo que ellas saben que si no hay democracia en la casa, en el patio de atrás y en la cama conyugal, nunca habrá democracia en el país; en otras palabras, las mujeres tienen en sus manos el porvenir de una cultura incluyente, de una cultura verdaderamente bisexual, una cultura que no puede olvidar por más tiempo que existen dos sexos de una riqueza incalculable y no puede seguir más mutilando la vida, el amor, la palabra, el arte y la ciencia de las voces de las mujeres, de sus experiencias y de sus saberes.

Y quiero decirles también para terminar que ya conozco muchas mujeres así; mujeres que ya iniciaron este camino que nos llevará a una humanidad reconciliada. Un camino difícil, lleno de obstáculos y resistencias pero esto ya no nos asusta. Lo sabíamos y sí, a veces tropezamos con nuestras fragilidades, con nuestra poca fe en nosotras mismas, con nuestras contradicciones a cuestas, pero caminamos, a nuestro ritmo y a sabiendas de que este camino hace parte del nuevo mapa de la humanidad. Y esto es probablemente lo más emocionante de ser mujer hoy. Gracias.

Bibliografía

Patricia Viola, El infinito singular, Ediciones C√°tedra, Valencia, 1991

Marcelle Marini, El lugar de las mujeres en la producción cultural. El ejemplo de Francia. En: Historia de las mujeres, bajo la dirección de Georges Duby y Michelle Perrot, Vol. IX. Taurus Edición, 1993.

Michèle Le Doeuff, Le sexe du savoir, Edition Aubier, Paris, 1998.

Hélène Cixous, La risa de la medusa, Anthropos, Madrid, 1995.

Alessandra Bocchetti, Lo que quiere una mujer, Ediciones C√°tedra, Valencia, 1995

Evelyn Fox Keller, Reflexiones sobre género y ciencia (sobre todo el capítulo 4). Instituto Valenciano de Estudios e Investigación. 1991.

Cristina Molina Petit, Dialéctica feminista de la Ilustración, Anthropos, Madrid, 1994.

Victoria Send√≥n de Le√≥n, El feminismo de la diferencia: un ejercicio de resistencia pr√°ctica, epistemol√≥gica y pol√≠tica, En: Revista ‚ÄúEn Otras Palabras‚Ķ‚ÄĚ No 11. julio-diciembre 2002.

Equipo de investigación del DIUC, EDUGENERO. Universidad Central, 2002.

Sandra Hardings.

Recopilación:

Lic.Jorge Horacio Raíces Montero

Psicólogo Clínico
www.varonesporlaequidad.blogspot.com

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