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diciembre 30, 2009 @ %H:%M 01Wed, 30 Dec 2009 13:01:18 +000018.

SABER Y GÉNERO

Florence Thomas

Profesora Titular (P) de la Universidad Nacional de Colombia

Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

______________________________________________________________

Hablo un lenguaje de exilio

Julia Kristeva

Saber y género, titulo ambicioso si lo comparamos a lo que el tiempo me dejará abordar con ustedes. De hecho me limitaré a exponer algunas reflexiones introductorias. Una bibliografía actualizada sobre ese tema que suscita hoy día muchos trabajos tanto epistemológicos como de ética feminista, suplirá lo que no se abordará aquí.

Organizaré mi exposición de la siguiente manera: en primer lugar y por ser la herramienta principal del conocimiento y del saber, examinaremos la cuestión del lenguaje y sus relaciones con el género. En un segundo tiempo y con estas premisas, mostraré que no es suficiente que las mujeres estén invadiendo los lugares del saber y de la ciencia para que el impresionante sexismo del saber se derrumbe. Y ahí exploraré de manera sintética los limites de un feminismo de la igualdad o sea, lo que me gusta llamar, los efectos perversos de la igualdad radical y los planteamientos de un feminismo de la diferencia que es el único por el momento en construir una “epistemología de la esperanza”, como la llama Michèle Le Doeuff en su libro “Le sexe du savoir”. Y ya sé que no tendré más tiempo para abordar en qué consiste verdaderamente hoy una ética feminista postmoderna, única a poder llevarnos a la construcción de una cultura incluyente y a una democracia radical.


Lenguaje y palabra masculina

Ya para casi todos y todas es un hecho de que la diferencia sexual constituye una dimensión fundamental de nuestra experiencias y de nuestras prácticas de vida; pocas cosas, para no decir ninguna, escapan a esta marca de nuestro sexo-género, y si bien pertenecemos todos y todas a la especie humana, esta humanidad no se vive de la misma manera desde un ser hombre o un ser mujer. Todos y todas somos sujetos concretos y sexuados y esta sexuación nos inscribe de manera distinta en la cultura. De la biología heredamos un sexo y la cultura nos construye un género; y esa operación de la cultura o construcción cultural se expresa de manera diferencial según si nacemos varón o mujer.

Ya en 1949, Simone de Beauvoir en su magistral obra “El segundo sexo” nos prevenía: “uno no nace mujer; se hace mujer”. Y es poco a poco a partir de los años 50 (1950) que este reconocimiento se generó en el mundo entero gracias a la presencia de un número creciente de mujeres académicas, investigadoras, escritoras, poetas, pero también y tal vez sobre todo, gracias a los aportes de las teorías feministas y de las demandas de los movimientos sociales de mujeres. Sin embargo existe todavía una gran resistencia en admitir que una herramienta como el lenguaje pueda ser marcada también por la diferencia sexual y reflejar de manera magistral aunque a veces muy sutil la estructura patriarcal de la cultura occidental y por consiguiente del saber en general.

Este hecho toma toda su importancia cuando uno se percata de que el lenguaje no es solo una extraordinaria herramienta para interactuar y comunicar humanamente o sea un sistema de signos con sus reglas de una asombrosa complejidad que no hemos terminado de entender del todo, sino que, y al mismo tiempo, es también una herramienta de construcción y de representación de la realidad y por consiguiente de acción, en y sobre ella, por medio de elaboraciones simbólicas.

Y este sistema de representaciones que una cultura se da de ella misma a través del lenguaje, de las palabras, de los símbolos, de los ritos, de los mitos, de las obras de arte, de los discursos de los media y de todos los discursos normativos que ella produce —discurso pedagógico, jurídico, médico, psiquiátrico, filosófico, ético, entre otros— no puede existir a fuera de contextos históricos, sociológicos e ideológicos. Y uno de los contextos ideológicos que ha marcado fuertemente el saber occidental es el patriarcado, más exactamente llamado hoy, androcentrismo.

Un androcentrismo generado hace más o menos 5000 años, plasmado más tarde en la filosofía greco-romana, particularmente con la filosofía Aristotélica en la cual, según la española Celia Amorós encontramos una verdadera “operación patriarcal de legitimación genealógica de la historia de la filosofía”, operación reforzada, algunos siglos más tarde, por una religión judeocristiana monoteísta que instauró un dios único, una trinidad masculina (el padre, el hijo y el espíritu santo) y dos figuras femeninas dramáticas para el lugar de la mujer: Eva, la desobediente, la transgresora y la pecadora, y María, la sumisa y la abnegada. Además de una mito de creación del mundo, ilógicamente también masculino (Dios crea a Adán y de su costilla….etc..). En otras y pocas palabras, de Aristóteles hasta Lacan se construye una filosofía occidental hondamente misógina y totalmente ciega en relación con la diferencia sexual. Este contexto no era, ni el mejor ni el más fácil, para que las mujeres puedan ser generadoras de discurso y sobre todo generadoras de su propio discurso.

Tal vez ese rodeo por el pasado los y las sorprenderá pero ayuda a descifrar los mitos y las imágenes que ordenan las relaciones entre los sexos y el orden de los saberes. Como nos previene Michele Le Doeuff en el texto ya citado “Los mitos e imágenes tienen una amplia difusión y constituyen la presencia en el imaginario colectivo de la cuestión del sexo en cuanto al conocer”.

Ni siquiera en el contexto de la modernidad que nace con el siglo de las luces y la generación de las filosofías del sujeto, las mujeres obtuvieron la palabra. Pues el único sujeto reconocido a pesar del grito esperanzador de la revolución francesa de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, fue el sujeto masculino. Olimpia de Gouges fue guillotinada en 1792 por los revolucionarios franceses por atreverse a criticar la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, la cual, en ninguna parte se refería a la ciudadana o a las mujeres quienes, sin embargo habían luchado, muchas de ellas, hombro a hombro con los hombres. Y tan solo hasta 1940 tan bella declaración empieza a nombrarse Declaración de los Derechos Humanos e incluir lentamente algunas referencias a los derechos de las mujeres como haciendo parte también de los derechos humanos.

De verdad éramos signos que intercambiaban los hombres en cuanto capital reproductivo, pero no generadoras de signos como ya lo había mostrado Levi-Strauss desde la antropología. Nuestro rol, nuestro lugar, definido por una cultura de hombres que se apoyó sobre el pretexto magistral de nuestra anatomía, fue durante siglos el de reproductoras de la especie y administradoras del ámbito privado, y nuestras únicas fecundidades eran del orden de lo biológico-genealógico. Éramos dadoras de vida y esto nos debía satisfacer porque esto satisfacía los hombres y la cultura que se habían inventado. Para esto fue necesario hasta fetichizar y sacralizar la maternidad y los lugares de ella para negar a la mujer en su alteridad y por consiguiente su peligrosidad. Mientras tanto, ellos escribieron la historia y la escribieron en masculino, invisibilizando, ocultando o mutilando nuestros aportes a la cultura.

Los hombres no han dejado de hablar, de escribir, de hacer oír sus voces. Llenan los libros de las bibliotecas, son los grandes genios de la literatura universal y su literatura es LA literatura; la nuestra no es sino una literatura femenina, de segundo orden como se debe para la escritura del segundo sexo. Ellos son también los grandes sabios, los grandes inventores, los grandes constructores de maquinas y de tecnologías. Y han hablado tanto que casi sus voces nos dejan sordos. Desde Platón hasta Nietzsche, fueron tan solidarios y tan cómplices. En el templo, en el ágora romano, en el capitolio, en el Congreso, en las Academias de la ciencia y de las letras, diseñando leyes y constituciones, armas y maquinas; en la iglesia, alejando a las mujeres de todo poder sagrado, (no sé si saben que solo hasta 1970, un coro femenino pudo cantar en la basílica de San Pedro en Roma); en las tribunas, decidiendo por todos y todas lo bueno y lo malo desde una ética de la exclusión; en las academias, acordando cómo se debía hablar, cómo se debía escribir, cómo se debía investigar, pero sobre todo determinando qué merecía investigarse, escribirse y constituir poco a poco la historia o sea nuestra memoria colectiva y lo que debía incluir y excluir.

Y como ya lo decía, para entender o más exactamente para develar los sesgos existentes en las disciplinas y los saberes instituidos, para desmontar las creencias o los mitos que sobreviven y que tienen una enorme potencia subterránea, es imprescindible pasear por la historia, por el pasado. Ayuda a descifrar el presente. Si no nos adentramos en la historia de las mujeres, si nos rehusamos en descubrir el lugar de las mujeres en la historia, como lo hicieron por ejemplo George Duby y Michelle Perrot en esa tan bella Historia de las mujeres en nueve tomos, este capítulo de la sexuación del saber quedará en el limbo. Gracias a estas miles de historias develadas recientemente, a partir de otras miradas, miradas de la sospecha desde los distintos feminismos, desde miradas foucaultianas, desde nuevas maneras de hacer historia y desde los planteamientos de la postmodernidad, estamos hoy en medida de interpretar de otra manera las condiciones de producción y construcción de los saberes instituidos.

Y desde estas otras miradas que me gusta llamar miradas de la sospecha, —sí, hemos aprendido a sospechar de los discursos instituidos y convenidos— ¿cómo obviar la belleza del gesto de Eva cuando muerde el fruto del árbol del saber, cuando escoge vivir y conocer la muerte, el bien y el mal? Y a pesar de la condena que significo este gesto, ¡qué bella la Eva inquieta, la Eva pecadora, la Eva transgresora! Si, el mito, cuando se deja interpretar de otra manera, nos dice de manera transparente que fue una mujer la iniciadora del saber. Pero el mito fue interpretado por hombres y, lo que es peor, por hombres de iglesia. No lo olvidemos y tratemos de alejarnos de una interpretación que nos muestra una Eva pecadora, generadora del mal y habitada probablemente por los primeros síntomas de histeria de una mujer habitada por el deseo.

Y para quedarnos en los grandes mitos filosóficos, qué bella también la Diotima de Mantinea, esa protofilósofa quien, según el relato de El Banquete, inició a Sócrates en los misterios del amor o a la sabiduría del amor que era equivalente al amor de la sabiduría o sea a la filosofía.

Qué bella también la María Magdala o María de Magdala, que, por medio de un inmenso amor a ese extraño hombre nombrado Jesús de Nazareth, tuvo un papel de primera importancia entre los discípulos quienes nunca fueron 12 sino por lo menos 13 o 14 con la presencia de mujeres. Maria de Magdala fue una discípula de Jesús y escribió un evangelio que sería encontrado siglos más tarde y que hace parte hoy día de los evangelios proscritos. Fue borrado de los escritos canónicos. ¿Lo sabían ustedes?

Que bella Hipatie quien, en los inicios del siglo V, enseñaba las matemáticas y la filosofía en Alejandría. Sabios y jóvenes de las cuatro esquinas del mundo conocido, asistieron a sus clases hasta que el obispo Cyrille — otra vez la iglesia— la hizo asesinar recordando al mundo que el principal deber de las mujeres era el de callar. Ella fue una científica. Sin embargo la primera mujer científica de la cual oí hablar yo, desde Francia, fue Marie Curie, quince siglos más tarde.

Y qué bella Christine de Pisan en el joven renacimiento con su obra “La cité des dames” cuyo éxito fue europeo y en la cual nos relata lo rico de construir la estima de sí misma cuando uno es mujer. Y en fin podría seguir así contándoles miles de historias de mujeres transgresoras por romper antes de tiempo la metáfora de feminidad, Mujer = Madre: madre abnegada, madre callada, madre reproductora de la especie, madre llena de hijos y vacía de ideas y deseos, esta tenaz metáfora —y utilizo el concepto de tenaz por su impresionante resistencia— que construyó para ellas una cultura de hombres que no estaba dispuesta en quebrantar la hegemonía de la palabra masculina.

Sí; la historia se escribió según los criterios y el control de los hombres. Es así como las mujeres fueron ocultadas pero sobre todo silenciadas. Y para volver a mis ejemplos y seguir ilustrando ese capítulo de nuestro silenciamiento ¿Sabían ustedes que la historia del teatro occidental está marcada por 2000 años de ausencia de las mujeres?, en las tragedias griegas los papeles femeninos eran representados por hombres: Clitemnestra, Ifigenia o Antigona eran representadas por hombres. La representación de los misterios cristianos también era un asunto exclusivo de hombres. La virgen María, los ángeles y la Magdalena arrepentida eran encarnados por hombres. ¿Sabían ustedes que Felix Mendelsson hizo carrera atribuyéndose algunas composiciones de su hermana? ¿Nunca se preguntaron por la hermana de Mozart? ¿Nunca quisieron saber de la hermana de Shakespeare? Yo sí, porque Virginia Woolf en su bellísimo libro “Una habitación propia” me despertó la curiosidad. ¿Y qué decir de George Sand que tuvo que cambiar de nombre para poder ser leída, y de Camille Claudel que casi enloquece de tanta misoginia? y de Debora Arango que tuvo que esperar tantos años para ser reconocida porque pintaba desnudos al principio del siglo. Y si fue así para la creación estética, ¿qué decir entonces del pensamiento científico? El pensamiento científico es y sigue siendo masculino porque su metodología lógica y empírica que debe constituir su objetividad tiene una larga historia de identificación con la masculinidad.

Es así como a lo largo de siglos aprendimos la ausencia, el adiós con los hombres. Con ellos pasamos la vida en despedirnos, o más bien en ser despedidas de todo, del mundo y de sus puntos cardinales, pero sobre todo de nosotras mismas. Cuando ellos están, nosotras nos despedimos pues no existe todavía ni siquiera un código lingüístico capaz de reflejar la dualidad genérica. Cuando estamos todos y todas, ustedes y nosotras, hombres y mujeres, entonces son “ustedes” los hombres quienes hablan, quienes conjugan, quienes gramatican; pocas veces ellas o nosotras. El + Ella = Ellos. Y hoy día podemos entender que la inadecuación y la carencia de la mujer en relación con el lenguaje se interpretan más bien como la inadecuación y la carencia del lenguaje con respecto a la mujer como lo demuestra el texto de Patricia Violi en “El infinito singular”. En efecto, hombres y mujeres no se encuentran en la misma posición ante el lenguaje porque la diferencia entre masculino y femenino no está simbolizada en el mismo nivel; esta diferencia fue inscrita según la doble articulación de sujeto y objeto, de primer término y de término derivado. En otras palabras, podemos interpretar hoy el silencio de las mujeres, no como signo de su pobre lenguaje sino como un signo de la pobreza del lenguaje, como signo de imposibilidad y resistencia, temas que desarrolla de manera muy sugestiva, entre otros, el feminismo o pensamiento de la diferencia.

El hombre es el sujeto universal, el ordenador del mundo y por consiguiente también del lenguaje, de la gramática, de la sintaxis y es el referente semántico y pragmático del discurso. Los hombres toman la palabra, elaboran imágenes de sí mismos, de los otros, del mundo; cuentan la historia y construyen el saber con su lógica reflejando sus experiencias y su particular manera de habitar el mundo. Algunos por supuesto lo han hecho magistralmente. Y cuando lo femenino está inscrito en la historia, es un femenino reportado por hombres y construido por hombres a la medida de sus fantasías pero sobre todo de sus temores hacia las mujeres. ¿Quién es la Beatrice de Dante, la Emma Bovary de Flaubert o la María de Isaac, por no citar solo tres mujeres que pudimos conocer a través de la literatura universal? En este sentido somos todas mujeres de sueños, de fantasías, mujeres-reflejo, mujeres de la ilusión como lo dice Ana María Fernández.

Las mujeres en el universo científico

Dejaré ahí ese recorrido apasionante por la historia de las mujeres y su histórico silencio todavía tan mal interpretado. Me asomaré ahora a otro tema. El de las mujeres científicas contemporáneas y de sus relaciones con el saber hoy, porque estoy segura que en este auditorio muchos de ustedes e incluso muchas se están diciendo “bueno, todo esto es historia, pero hoy, ya no hay diferencia entre hombres y mujeres, somos iguales”. Pues siento que voy a decepcionar más de uno e incluso más de una. Hoy día estamos lejos de tener las mismas oportunidades que los hombres frente al saber y más cuando hablamos de un saber duro, de ciencias duras. La equidad de género en este campo no se ha dado. Y cuando hay mujeres en ciencia dura, en tecnología, en los laboratorios científicos, (ha sido muy difícil encontrar cifras colombianas en relación con la presencia de las mujeres en estos campos), desaparecen en cuanto mujeres. Me explico: se invisibilizan porque se comportan como hombres, se exilian en un imaginario masculina y adoptan la lógica masculina para pensar, interpretar y actuar sobre el mundo. Entonces ahí tenemos un gran problema porque se pierde toda la riqueza de una posibilidad de pensar el mundo de otra manera y sobre todo de pensarlo desde la mixticidad, desde la diferencia sexual, la más irreducible de todas.

Pero antes de pasar a explicar o desarrollar algo de lo que acabo de enunciar, quiero presentar algunas cifras. Cifras que hay que relacionar por supuesto con las cifras de irrupción de las mujeres en el mundo del saber, es decir en la educación formal y que reflejan en muy pocas décadas el enorme salto cuantitativo que ellas han dado. Sin embargo, y como muchos y muchas de ustedes lo saben, ese hecho que nos ubica hoy por hoy en las mismas condiciones de matricula que los hombres, no se ha hecho sin luchas por parte de ellas. Luchas para obtener la apertura de escuelas normales de señoritas en ciudades del país en las primeras décadas del siglo XX. Luchas para que el currículo de estas escuelas no se restringa a materias como administración del hogar, rezos, humanidades, bordados, piano, y francés… Luchas para que las primeras bachilleres del país puedan ingresar en las universidades ya existentes. La primera mujer que entra en una universidad, es en 1936 en la Antioquia, pero solo a partir de la década del cincuenta, se inicia verdaderamente el ingreso de las mujeres al saber universitario. No sin dificultad y sin antes haber escuchado todas las imbecilidades sexistas de los hombres, ministros de educación y otros, en relación con esta incursión de las mujeres en el ámbito del saber. En 1950, el Ministro de Educación Manuel Mosquera Garcés afirmaba “La mujer debe ser preparada preferentemente para la vida doméstica, para el cumplimiento de la misión primordial que Dios le ha otorgado (…) Restaurar el hogar cristiano, el sentido vigilante y tierno de las madres, la solicita preocupación de la prole, no es cerrar camino a la inteligencia sino poner la inteligencia al servicio de las nociones esenciales” (El Siglo, enero 19 de 1950, citado en Las mujeres en la historia de la educación). En 1985, ya teníamos 52% de matriculas femeninas, cifra que, desde la década de los 90 no ha hecho sino disminuir por la difícil situación económica del país. En una deserción que es general, para hombres y mujeres, las más afectadas siguen siendo las mujeres (según la reciente investigación realizada por el CID y UNICEF-Colombia).

Nos faltaría examinar, y este examen sigue válido hoy día, en cuales disciplinas se matriculan las mujeres. Como es bien sabido volvemos a encontrar a nivel de las matriculas universitarias la tradicional división sexual del trabajo. Pocas mujeres en ciencias duras, muchas en ciencias sociales, en humanidades y en disciplinas paramedicales (terapias varias). Mujeres que encontraremos después en los sectores de servicios y lógicamente pocas en las ciencias duras. Los mitos y las imágenes sobre el lugar de lo femenino siguen teniendo efectos. Hoy día, se estima que aproximadamente y a nivel mundial, 30% de los sabios son sabias, mejor dicho, 30% de los científicos son científicas… con variaciones internacionales y nacionales importantes, por cierto. No tengo cifras para Colombia. Hay cifras de matriculas, de postgrados, pero de mujeres trabajando en las ciencias duras, no encontré.

Ahora quiero terminar con un debate complejo pero muy al orden del día cuando tratamos de delimitar qué pretendemos con la igualdad, qué diferencia queremos mantener y en pocas palabras, qué queremos las mujeres. Por supuesto, estos temas, todos temas de nuestra Maestría en la Escuela de Estudios de Género en nuestra universidad, son difícilmente abordables en los pocos minutos que me quedan. Solo daré algunos ejes para la reflexión. Quiero precisar además que sobre dichos temas existen enormes debates a nivel internacional entre las feministas, en nuestra misma Escuela de Estudios de Género y en el mismo grupo Mujer y Sociedad que coordino.

Si bien es cierto que en general han desaparecido las condiciones materiales y sobre todo jurídicas de la subordinación de las mujeres, todas consignadas en la carta constitucional del 91 y más especialmente en su artículo 43, es bien sabido que las condiciones culturales y subjetivas de su subordinación no han desaparecido. De todas maneras y con mucha tenacidad, las mujeres han logrado hoy por hoy ocupar nuevos lugares sociales, nuevas prácticas de sí y están rompiendo poco a poco los viejos equilibrios patriarcales; están aprendiendo a negar y subvertir los elementos de la metáfora Mujer = Madre, desarticulando los mitos y las viejas narrativas. Todo esto es cierto. Las mujeres se han profesionalizado, es cierto. Han irrumpido en lugares tradicionalmente masculinos y particularmente en los lugares del saber y de la política. (Aun cuando en los lugares de la política, nos toco pasar por una ley de cuotas, todavía lejos de una ley de paridad. No sé si ustedes saben que en política, quiero decir en Senado y Cámara no se ha podido sobrepasar aun los 12% de mujeres). Es bien sabido que la hegemonía masculina es todavía casi total: los poderes económicos, políticos, culturales, religiosos, militares y judiciales están aun en sus manos y las inequidades de género siguen siendo pan de cada día. Pero lleguemos adonde quiero llegar.

Para mí, y por supuesto no solo para mí sino para todas las mujeres que comparten este pensamiento de la diferencia, este feminismo de la diferencia de origen italiano, creemos que si bien el feminismo liberal o de la igualdad fue de una inmensa importancia en sus primeras etapas, hoy día estamos descubriendo poco a poco sus limitaciones. Porque la pregunta es la siguiente. Queremos ser iguales. Bien. ¿Iguales a qué, iguales a quienes?? Y ahí está al problema. ¿Queremos ser iguales a los hombres? Si? ¿Es esto lo que queremos? ¿Por qué? Y como lo dice Victoria Sendón, una feminista española, “¿no sería muy triste convertirse en una mala copia de un patético modelo?”. Dígame ¿por qué negar nuestras especificidades históricas? ¿Por qué negar nuestra manera de habitar el mundo? ¿por qué negar nuestros 5000 años de resistencias? ¿por qué no creer en el hecho de que nuestra historia, nuestra particular historia de esclavitud, de subordinación, de discriminación, de silencios, de resistencias, nos permite hoy interpretar el mundo de otra manera? por qué no creer que nuestros 5000 años de esclavitud no nos otorga hoy día autoridad, como decía el filósofo francés Cioran. ¿Por qué negar la mixticidad del mundo, la posibilidad de miradas distintas, de lenguajes distintos, de maneras distintas de actuar sobre el mundo?; ¿por qué no creer en otras maneras de hacer política, de hacer ciencia sin negar la diferencia sexual, la única diferencia fundante de lo humano.

Y espero que me entienden: en ningún momento me estoy refiriendo a aspectos esencialistas. No somos distintas por esencia. No. Es una historia, una larga historia que no podemos negar. Es un lugar que nos otorgó la cultura, la historia, un lugar específico, una relación específica con la vida, con el cuidado de la vida, del recién nacido, de la infancia, del anciano o la anciana, del enfermo o la enferma; una relación particular también con el cuidado de los objetos, el cuidado permanente de problemas menores, de frió y calor, de hambre, de sabores; desde milenios hemos estado al frente de un especie de estética de lo cotidiano. Y creo sinceramente que estas prácticas sociales construidas durante siglos producen, a largo plazo, percepciones y preferencias particulares, es decir una cultura, una relación al tiempo, al espacio, al otro; una cultura que tendería en privilegiar por ejemplo un rechazo a la violencia, una distancia con los logros individuales, una ética del cuidado o sea, otra manera de interpretar el mundo y de actuar sobre él. Y ¿por qué razón desecharíamos esta posibilidad? ¿Para parecernos lo más posible a los hombres? A mi, personalmente, no me interesa esto. Yo quiero seguir asombrándome frente a la diferencia. Frente al otro masculino. Me asombran los hombres y no pretendo comprenderlos del todo ni conocerlos del todo. Sé que es un imposible. Y lo supe desde el amor, desde la sexualidad y el erotismo. Ahí tal vez es cuando uno siente esta imposibilidad del otro. Quiero decir este asombro frente al misterio del otro sexo. No quiero parecerme a ellos porque no puedo. Sería negar mi historia, mi memoria, mi imaginario, mi cuerpo, mi sentir. Sería exiliarme en una patria que no es mía. Entonces por qué pretender hacer ciencia como los hombres? ¿Por qué? No entiendo como la mayoría de las mujeres actualmente en política o en la ciencia se invisibilizan esforzándose al máximo por pensar, por trabajar, por producir, por construir como los hombres. ¿Sabían ustedes que las mujeres que entran en el ejército empiezan a cambiar de voz? Empiezan a aprender a gritar dando ordenes… No neguemos las potencialidades de la diferencia sexual. Queremos, eso sí, tener las mismas oportunidades que los hombres frente a todo los espacios de la vida. Pero no queremos ser iguales desapareciendo o uniformándonos en hombres. La anulación de las diferencias nos está llevando al modelo único, y esto en política ha resultado dramático para la humanidad. Es la historia de los fascismos. Queremos seguir luchando por la igualdad política y por la diferencia existencial y epistemológica con los hombres. Igualdad y diferencia no son conceptos antitéticos.

Nuestro propósito es construirnos equivalentes políticamente y diferentes existencial y epistemológicamente. Son dos debates diferentes pero no contradictorios.

Porque por mujer, entendemos, “ese sujeto para quien el hecho de ser mujer no yace en la indiferencia; ese sujeto que piensa en su pertenencia a un sexo como algo significativo y determinante para actuar y conocer el mundo” como nos lo mostró Alexandra Bocchetti en su libro “Lo que quiere una mujer”.

Para terminar quiero decirles que en este camino todavía nos falta mucho. La mayoría de las mujeres en la política hacen política como los hombres, reproduciendo los ritos de la vieja política; la mayoría de las mujeres en la ciencia hacen ciencia como los hombres; no, ni siquiera exactamente como los hombres, todavía con más dificultades que los hombres, con menos oportunidades que los hombres por los múltiples sesgos culturales todavía existentes. Pero eso sí esforzándose al máximo por pensar y actuar como los hombres.

Sin embargo, quiero contarles también que están apareciendo cada vez más economistas feministas con este pensamiento de la diferencia, están apareciendo ecofeministas, filósofas feministas repensando los problemas de la ética; están apareciendo mujeres que saben que tienen en sus manos otra manera de hacer política, una política que tiene como fin el interés colectivo, una política que rompa poco a poco con todos los viejos vicios del pasado; otra mirada sobre la economía desde una economía más solidaria, una economía que no olvida las personas, que no olvida la vida cotidiana; otra mirada sobre el medio ambiente; otra mirada sobre el significado de la paz, que para las mujeres va mucho más allá de la resolución del conflicto armado; otra mirada sobre la democracia porque hace tiempo que ellas saben que si no hay democracia en la casa, en el patio de atrás y en la cama conyugal, nunca habrá democracia en el país; en otras palabras, las mujeres tienen en sus manos el porvenir de una cultura incluyente, de una cultura verdaderamente bisexual, una cultura que no puede olvidar por más tiempo que existen dos sexos de una riqueza incalculable y no puede seguir más mutilando la vida, el amor, la palabra, el arte y la ciencia de las voces de las mujeres, de sus experiencias y de sus saberes.

Y quiero decirles también para terminar que ya conozco muchas mujeres así; mujeres que ya iniciaron este camino que nos llevará a una humanidad reconciliada. Un camino difícil, lleno de obstáculos y resistencias pero esto ya no nos asusta. Lo sabíamos y sí, a veces tropezamos con nuestras fragilidades, con nuestra poca fe en nosotras mismas, con nuestras contradicciones a cuestas, pero caminamos, a nuestro ritmo y a sabiendas de que este camino hace parte del nuevo mapa de la humanidad. Y esto es probablemente lo más emocionante de ser mujer hoy. Gracias.

Bibliografía

Patricia Viola, El infinito singular, Ediciones Cátedra, Valencia, 1991

Marcelle Marini, El lugar de las mujeres en la producción cultural. El ejemplo de Francia. En: Historia de las mujeres, bajo la dirección de Georges Duby y Michelle Perrot, Vol. IX. Taurus Edición, 1993.

Michèle Le Doeuff, Le sexe du savoir, Edition Aubier, Paris, 1998.

Hélène Cixous, La risa de la medusa, Anthropos, Madrid, 1995.

Alessandra Bocchetti, Lo que quiere una mujer, Ediciones Cátedra, Valencia, 1995

Evelyn Fox Keller, Reflexiones sobre género y ciencia (sobre todo el capítulo 4). Instituto Valenciano de Estudios e Investigación. 1991.

Cristina Molina Petit, Dialéctica feminista de la Ilustración, Anthropos, Madrid, 1994.

Victoria Sendón de León, El feminismo de la diferencia: un ejercicio de resistencia práctica, epistemológica y política, En: Revista “En Otras Palabras…” No 11. julio-diciembre 2002.

Equipo de investigación del DIUC, EDUGENERO. Universidad Central, 2002.

Sandra Hardings.

Recopilación:

Lic.Jorge Horacio Raíces Montero

Psicólogo Clínico
www.varonesporlaequidad.blogspot.com

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